-Crónicas de Bardulia. Campaña del emir Hisham en el año 791.

 


 

 -Campaña del emir Hisham en el año 791.

"Desde el leve promontorio Rashid ben Hashim, qa’id supremo de las tropas de Saraqusta, levantó su mirada al cielo cada vez más gris. Observó que la tormenta no tardaría en llegar. Aspiró profundamente y cerró los ojos. Aquella campaña le había hecho sentirse joven de nuevo. Por un momento recordó su juventud; las victorias bajo el mando del gran emir Abd al-Rahman, las cabalgadas por la frontera y sus primeros encuentros con los infieles del Norte; aquellos perros comedores de cerdo, adoradores del falso dios.

Durante los últimos años, las bandas de cristianos no dejaban de hostigar aquel extremo de la Marca Superior y se afianzaban al sur del reducto montañoso donde se resguardaban desde hacía décadas, ocupando nuevas tierras y desafiando el poder del emirato. Siempre pensó que se les había concedido demasiados años de paz. Se había relajado la presión militar sobre aquella frontera norte de al-Andalus y cometido el error de no asestarles el golpe definitivo en el momento oportuno. Los continuos conflictos internos en el seno del emirato habían supuesto un respiro para aquellos salvajes desgreñados, incircuncisos, que ya no se limitaban a permanecer agazapados en sus territorios montañosos, sino que se desbordaban por los escabrosos y fértiles valles del curso alto del Uādi Ibru, tomando contacto con los cristianos refugiados en las montañas septentrionales de los Montes Distercios. Representaban un peligro cotidiano. Se negaban a pagar sus tributos al emir y causaban gran daño con sus incursiones en las poblaciones y alquerías fronterizas, robando alimentos y ganado, matando a buenos creyentes y capturando a otros muchos, a los que se llevaban a sus tierras para que trabajaran como siervos. Apoyándose en la rapidez de sus acciones, los cristianos aparecían de improviso, destruían, sembraban el terror y desaparecían entre las espesuras y desfiladeros como fantasmas que se les tragara la tierra, con tanta rapidez como habían llegado.

El viejo Abd al-Rahman ibn Muawiya, llamado por el pueblo el Justo, el último superviviente Omeya huido de Damasco, aquel quien había declarado la independencia del emirato de al-Andalus, siempre había mostrado su predisposición por la paz; pero ahora la situación había cambiado. El amado emir, después de treinta y ocho años de buen gobierno, había fallecido dos otoños atrás, transmitiendo al segundo de sus once hijos varones, Hisham, hijo de una esclava goda y wālī de Marida en aquellos momentos, la sucesión de su linaje en el palacio de Qurtuba. Con treinta y un años, Abu al-Walid Hisham al Rida se había convertido en el segundo emir independiente en al-Andalus.

Los inicios, sin embargo, no habían sido los esperados por el nuevo gobernante. En sus dos primeros años de regencia había estado más ocupado en sofocar las rebeliones, intrigas y traiciones perpetradas por yemeníes, bereberes y muladíes que en las propias tareas de gobierno. Su elección no había gustado a algunos de sus hermanos: Abd Allah y el primogénito Sulayman, once años mayor que él y con fuertes partidarios en Tulaytula, la antigua Toletum visigoda. Sintiéndose agraviados por la elección de su padre, Hisham había tenido que dedicar sus esfuerzos y emplear la fuerza resueltamente contra quienes, alzados en armas contra él, se sentían legitimados para acceder al trono del emirato. Tras un largo y tenso periodo de luchas y disputas fratricidas, Hisham había acabado con las pretensiones de sus hermanos, obteniendo su sometimiento, a cambio de setenta mil dinares de oro y el destierro de ambos en las tierras norteafricanas del Magrib.

Por fin, atajadas tales desafecciones, vencidas las aspiraciones de sus hermanos y lograda la paz en al-Andalus, el nuevo emir podía entregarse de lleno a contener el empuje cristiano en las húmedas tierras del Norte y solventar las alianzas con los gobernadores rebeldes de la Marca Superior, la gran circunscripción andalusí constituida en la cuenca del Uādi Ibru frente a la grave amenaza de los francos de Carolo el Magno, desde el otro lado de los montes Pirineos. Unos caudillos encabezados por el linaje de los Banū Qasī que, lejos de mantener una línea defensiva organizada y cohesionada, se escapaban del control, dedicándose más a engrandecer sus dominios y su poder, jugando un papel a veces de sometimiento, a veces de rebeldía, o pertinazmente hostiles a la obediencia y autoridad cordobesa. Tal era el caso del muladí Matruth ben Sulayman, quien dos años antes se había sublevado tomando el control de las ciudades de Uasqa y Saraqusta. Ese era su primer objetivo; por otro lado, los dominios del reino astur, que abarcaban las zonas montañosas del norte de la península, desde la Gallecia, a poniente, hasta Alba y Bardulia, por el lado oriental, en una progresión incesante. Al fin, había llegado el momento de que la fuerza de Allah cayera sobre ellos y extirpara la fe cristiana de aquellos montes y peñascos insumisos. La reiterada negativa al pago de los tributos establecidos constituía una evidente declaración de rebeldía, y el emir no podía permitir que aquellos asnos salvajes del septentrión camparan a sus anchas y prosperasen saqueando con toda impunidad las tierras fronterizas de su reino. Aquella actitud requería una actuación contundente que pusiera freno a las depredaciones de aquellos montañeses levantiscos y rebeldes, poco proclives a dejarse dominar, pero que pronto volverían a postrarse. Hisham, piadoso y fiel seguidor del malikeismo, doctrina partidaria de extender y afianzar el Islam, le inclinaban a un mayor rigor en el cumplimiento de los preceptos establecidos en el Corán, uno de los cuales era el esfuerzo hacia el yihad, la guerra santa contra los infieles. Los tiempos de paz, favorecidos por los distintos pactos y alianzas con los reyes cristianos, habían acabado definitivamente y, el brazo de Hisham, empuñaba la espada victoriosa de Allah ante aquella insumisión que fermentaba en las montañas norteñas, con el fin de imponer su autoridad y contener la osadía de aquellos cristianos obstinados en desafiar su obediencia.

No debía ser una tarea difícil domeñar a aquellos politeístas semejantes a las bestias que comían la carne de su dios y bebían su sangre, que combatían medio desnudos y se refugiaban en cuevas, como las alimañas. ¿Qué podían oponer un puñado de salvajes rudos y desarrapados ante la poderosa fuerza militar del emirato? El pequeño reino astur era demasiado débil e insignificante para ofrecer la menor resistencia y estaba destinado a perecer. Regarían de sangre aquella tierra, y toda la Península se sometería a un único poder: ¡el poder de al-Andalus! La estrategia era sencilla. Esa primavera, Hisham había enviado dos ejércitos hacia el Norte. Su intención era atacar en los dos extremos del reino cristiano, allí donde su expansión se mostraba incontenible y preocupante. La marcha del ejército a través de los Campos Góticos resultaba inviable, ya que un contingente semejante necesitaba avituallarse durante la marcha de las reservas de grano existentes en los poblados y ciudades que atravesaba. Alfonso el Cántabro se había encargado durante años de desbaratar aquel territorio con ese fin. Por esa razón, el primero de los ejércitos, al mando del veterano general Yusuf ben Bujt, antiguo visir de Abd al-Rahman, atacaría por el occidente la región de la Gallecia, avanzando por la antigua vía de al Balat. Ese era el camino más recomendable. El segundo de ellos, dirigido por el general Abu Uthman Ubayd Allah, tomaría camino a Saraqusta para sofocar la insurrección de Matruth, y luego, remontando desde allí el curso del Uādi Ibru, golpearía Alba y Bardulia, frontera oriental del bastión astur, donde los nuevos asentamientos cristianos se expandían con rapidez. Se trataba de obligar al rey cristiano Bermudo a acudir con su ejército a defender las dos puertas de entrada a su reino y, una vez vencidos, apretar como una pinza hasta exterminarlo.

Uthman partió de Qurtuba con su poderoso ejército, se dirigió a Tulaytula y de allí a Saraqusta, donde puso cerco a la ciudad. Desde Tarasuna, Uthman esperó acontecimientos hasta que el rebelde Matruth se rindiera. Uthman no había escatimado esfuerzos para la toma de la ciudad y esta había caído con rapidez; a los pocos días, dos de los servidores del insurrecto llamados Amrús y Sabrit, demostrando su nueva fidelidad al emir de Qurtuba, lo asesinaron a traición, le cortaron la cabeza y se la ofrecieron a Uthman, quien pudo entrar en la capital logrando de esa manera poner orden y apaciguar cualquier otro deseo de insumisión entre los gobernantes de la Marca. La cabeza de Matruth se mostraba ahora clavada sobre una pica junto a la puerta del Puente de Saraqusta.

Recuperado el control de la rebelde Saraqusta y con los refuerzos aportados por los Banū Qasī que gobernaban esas tierras, Uthman puso rumbo, siguiendo la orilla del Uādi Ibru, al límite occidental de la Marca, donde iniciaría su campaña contra los territorios cristianos. Su primer objetivo era tomar el control de la antigua calzada que unía Saraqusta con Asturica Augusta. Estaba decidido a poner bajo control la región por todos los medios y dar una lección a los cristianos que no pudieran olvidar. La consigna era aplacar cualquier foco de resistencia, crear una ola de terror y destrucción para que el nombre de Hisham fuera temido por todos los valles y montañas del Norte. Las órdenes de Hisham eran claras y contundentes. Su ataque sería infernal y terrorífico. Toda aldea debía ser arrasada a su paso; graneros, cultivos y frutales destruidos y los ganados apresados. Los caminos principales debían quedar libres y se establecerían guarniciones militares en los pasos y lugares estratégicos para obligar a los cristianos a replegarse hacia sus montes. Todo rincón del territorio debía ser rastreado, no debía quedar piedra sobre piedra de sus templos y monasterios, de manera que nada recordara que hubo un lugar habitado. Para domar su soberbia, hombres, mujeres y niños serían perseguidos y esclavizados y las cabezas de sus jefes paseadas en una pica. Así castigaría la osadía de aquellos rebeldes a la verdadera fe, cerdos comedores de bellotas que limpiaban sus dientes con sus propios orines. Los cristianos serían el yunque, ellos el martillo.

A las numerosas tropas que partieron de Qurtuba se habían ido sumando las levas reclutadas en la Marca: en las kūrah de Tulaytula, Madinat Selim, Qalat Ayub y las propias fuerzas de Saraqusta, compuestas en su mayoría por voluntarios impulsados por su deseo ferviente de satisfacer el precepto coránico de la guerra santa contra el infiel. Sabían que no tenían derecho a sueldo alguno, pero podían recibir su parte del botín, y les bastaba con la promesa de que Allah, el Magnánimo y Misericordioso, premiaría su valor con el Paraíso en el caso de morir bajo el filo de las armas cristianas. La expectativa de obtener un cuantioso botín había atraído también a numerosos mercenarios y extranjeros que se habían alistado en el ejército emiral, ansiosos por participar en la campaña. Todos ellos formaban una fuerza temible, capaz de arrasar cuanto se interpusiera en su camino".

 


 
 
 
 
 

 


 


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